martes, 14 de septiembre de 2010

El que se ha acercado y ha visto


He tratado de traducir este pasaje del libro de Alaa Al-Aswani "J'aurais voulu être égyptien". Páginas 81 y 82:

[... Me he acercado, he visto y no tengo lamentos ni siento alegría. Como cuando miras tus rasgos en un espejo: te extrañas un poco al ver, por la primera vez, los detalles de cerca. Pero ese rostro, esos ojos, esas cejas, esa boca, te enteras que son diferentes de los ajenos. Así me percibo ahora. Tomé conciencia de la verdad, la tengo en mis manos y, por eso, soy condenado a la soledad. Porque he comprendido, la soledad ha sido mi destino.

Llegar a aislarse no es fácil y no viene rápidamente. Me costó mucho esfuerzo y fracaso antes de conseguirlo por fin. Un muro implacable se erigió arrodeándome. Transparente, solo me permite ver. Me retiré detrás de mis fronteras. Conozco la paz del científico que mezcla substancias en sus tubos de ensayo, observa los resultados de las interacciones para registrárselas en su cuaderno con precisión e imparcialidad.

Ya no estoy por ni en contra de nada. Completamente solo y la soledad me sumerge de satisfacción y comodidad. Ya no necesito afirmar mi superioridad ni hacer sentir a otros su mediocridad. El tiempo de disputas y problemas se ha ido...]

martes, 24 de agosto de 2010

Carta a Caroline


Esta parte de la película “The curios case of Benjamin Button” me ha impregnado. He tratado de traducirla, de manera poca fiel, imaginándome escribiéndola a mi hija:

[...No importa lo que suceda, quiero que sepas que nunca es demasiado tarde.
O, en mi caso, demasiado temprano, para conseguir la vida que deseas.
No hay límite de tiempo.
Empieza cuando quieras.
Puedes cambia o seguir siendo la misma. No hay reglas para esas cosas.
Podemos conseguir lo mejor o sufrir lo peor en esta vida. Espero que consigas lo mejor.
Espero que veas cosas que te superen.
Espero que sientas cosas, que nunca habías sentido.
Espero que encuentres gente, con puntos de vista diferentes.
Espero que tengas una vida de la cual estarás orgullosa.
Y si te enteras que no es así, espero que tengas la fuerza para empezar todo de nuevo...]

lunes, 26 de abril de 2010

jueves, 22 de abril de 2010

Un día de fiesta

El-Aîd-el-Kbir, la gran fiesta, es el diez del mes Doulhiya del año árabe. Es un día en el que Dios recibe muchas almas. La última vez coincidió con el veinte siete de noviembre del año dos mil nueve.

Aquel día, me levanté a las siete de la mañana. Me quedé algunos minutos en la cama observando el techo y pensando con aburrimiento en la lista de tareas agotadoras que me esperaba. Había que asistir a la oración colectiva, degollar el cordero y hacer la visita a todos los miembros de la familia, la cual nunca se terminaba antes las once horas.

Todo eso era normal, la única excepción de ese año era la ausencia de mis padres. Se fueron, quince días antes, a Arabia para cumplir la peregrinación. En mis treinta años de vida nunca habíamos celebrado una sola fiesta estando separados. Era bueno para ellos y se sentían felices, pero yo no dejaba de sentir en el aire algo de tristeza.

“Anda Hicham, - me dije- vete a la oración, es la única costumbre de la ocasión que todavía mantiene su sentido”.

A las ocho horas y media salí de la mezquita y subí en mi coche. Lo arranqué, hice marcha atrás rápidamente, las ruedas giraron y oí un sonido. “¿Qué es eso?” – Me pregunté- Fue el maullido de un gato. No di importancia y continué. Esta vez el maullido se convirtió en algo como un grito de terror. Paré el coche rápidamente y bajé para ver.

Había un pequeño gatito aplastado bajo la rueda. Su madre estaba cerca de él. Nunca olvidaré lo que vi en ese momento: la mirada de la gata, sus ojos estaban abiertos, grandes, enormes. Miró su cría, giró su cabeza a la izquierda a la derecha y repitió el gesto muchas veces. Como si estuviera buscando algo perdido, pidiendo la ayuda de alguien o esperando despertarse de esa pesadilla. Me dio la impresión que no creía lo que había pasado. Me miró a los ojos - y pensé muy asustado - que iba a preguntarme “¿qué has hecho?”.

“Lo siento gata” – pensé -

Tres horas después, ya habíamos degollado dos corderos, el de mi suegro y el de mi cuñado, cuando llegó el torno del mío. “¡Voy a emitir otra vez el gesto de Abraham!”.

Existe una regla muy importante en el ritual de la degollación: nunca dejar un cordero ver la sangre de otro para evitar el miedo del que sigue. Yo estaba seguro que el mío ya supo lo que le esperaba. Balaba muy fuerte. Pero cuando lo trajimos al patio y vio que no había escapatoria calló. Se quedó silencioso observando nuestros movimientos.

“Lo siento cordero”. – pensé-

Pasaron dos horas y empecé a arreglarme, tomé una ducha y me puse una ropa nueva como era costumbre en cada fiesta. Antes de almorzar, quise ver a mis hermanos Muna y Saâd. Llegué a casa de la primera, llamé a la puerta pero no me abrió ella sino su cuñada. Parecía profundamente triste. Sus ojos rojos denotaban que acababa de llorar.

- ¿Qué tal Fatima-Zohra? Feliz fiesta. ¿Muna está aquí? – dije con una sonrisa ligera.

- No, está en la casa de su suegro. Vámonos juntos, yo también quiero ir. – me dijo de inmediato-

Anduvimos algunos pasos en silencio. Me preocupó su estado: caminaba lentamente con la cabeza baja, pensé que probablemente uno de los niños se hirió con el material peligroso utilizado en la degollación. No pude esperar más:

- ¿Ha pasado algo malo? - Pregunté.

En ese momento, ella no pudo contenerse. Sus ojos se llenaron de lágrimas, me tomó mi brazo izquierdo, puso la cabeza sobre mi hombro y dijo con voz casi inaudible: “Tu madre ha llamado para anunciarnos que tu padre ha tenido un ataque de corazón, ha muerto en la montaña de Arafa”.

Una corriente de frío atravesó mi cuerpo. Quité mi brazo de sus manos, me alejé de ella y me paré. Los sonidos de la calle callaron repentinamente.

Como el cordero me quedé silencioso y como la gata me sentí perdido buscando dentro de mi cualquier cosa para convencerme que eso no era real, que era una pesadilla más.

Pegué mi mano en la pared para reencontrar mi equilibrio. Recuperé la audición y oí la voz de la mujer: “lo siento Hicham”.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Mi abuelo

Hemos tenido, hoy en el Cervantes, un examen para pasar al nivel avanzado 3-4. Nos han pedido redactar un texto narrativo en el que hablamos de cuentos que nuestros abuelos nos contasen:

Mi abuelo, que en paz descanse, murió en el año 1991. Era alto, fuerte y muy cariñoso. Pero yo le quería más por los cuentos que contaba sobre su infancia en el campo y las aventuras que tuvo en el mar.

Una vez, me contó la historia más divertida de toda su vida. Fue en los años 30 durante la guerra civil española. En aquella época, un general español, Franco, que controlaba el norte de Marruecos, necesitó más hombres en su ejército para poder derrotar a sus enemigos los republicanos. Mandó entonces a sus soldados para buscar toda persona que pudiese participar. Mi abuelo, como muchos otros, no pudo escaparse. Les dieron dos opciones: la guerra o la cárcel.

Pocos días después, les llevaron al puerto de Ceuta de donde se fueron a España. Todo pasó rápidamente. Al llegar ahí, cada uno tuvo su arma y comenzó la batalla. Fue en una montaña. Mi abuelo no se acordó de haber sabido el nombre del lugar, porque a los soldados no les explicaron nada. Todo lo que se quedó en su memoria era la bala que recibió en su pierna izquierda inmediatamente después de bajar del camión. Cayó en el suelo y se quedó tumbado hasta que llegaron dos marroquíes que le llevaron al hospital. Ahí, decidieron mandarle a Marruecos porque ya no podía servir para nada.

"¡Qué suerte!" - Pensó mi abuelo. Fue muy contento porque, para él, la muerte en una guerra que no era suya no tenía ningún sentido. Regresó a Marruecos quince días después, y recibió una prima por haberse herido en la batalla, con la cual pudo comenzar su pequeño negocio que creció en pocos meses. Menos de un año después, fue a Chefchaouen donde se casó con mi abuela. La trajo con él a Tetuán y ahí tuvieron su primer niño, mi padre.

Antes de morir, decía siempre que uno no podía saber donde estaba su destino. La guerra que le aterrorizó, le dio un negocio, una mujer y nueve niños.

jueves, 18 de marzo de 2010

Guernica


Ayer, busqué por Google la obra de Pablo Picaso “Guernica”, la imprimí e intenté describirla en un texto.

El cuadro es muy complejo, no puedo dominar lo con una sola vista global porque contiene más que nueve elementos que representan seres vivos además de algunos objetos. Cada uno de ellos es una obra artística aparte. El todo forma una escena que tiene lugar en una casa. Puedo ver paredes, esquinas, una ventana, una puerta abierta y una misa.

Todo es pintado en gris, negro y blanco, y cada centímetro del cuadro expresa tristeza y sufrimiento profundos.

En la parte derecha, cerca de la puerta un hombre aterrorizado, los ojos grandes, la boca abierta y los brazos arriba. Como si estuviese ahogándose entre las mandíbulas de una maquina de madera con dientes que quería devorarlo. A su lado, una ventana por la que otro hombre, con una expresión de tristeza en su rostro, parecía querer entrar trayendo un candil en su mano. Y a bajo por el suelo, una mujer arrastrando su pierna infectada como un soldado herido tratando de escaparse de una batalla.

En el medio del cuadro hay un caballo relinchando. Parecía sufrir y tener miedo igual que una presa caída en las manos de un depredador. No supe por qué hasta que identifiqué una lanza travesando su vientre. La pobre bestia está aplastando a un hombre tumbado en el suelo. Ese último parece ser un guerrero, está muerto tomando por su mano derecha una espada quebrada.

A la izquierda, una madre que lleva a su hija muerta en sus brazos, está mirando al cielo y gritando. La manera en la que sus ojos son dibujados denota que la pobre pueda haber perdido la razón. Cerca de ella, hay un toro perdido y confundido, y un pájaro herido sobre la misa.

Por fin, está colgada en el techo, una bombilla encendida que daba una luz intensa. Parece como un ojo divino observando lo que los humanos son capaces de cometer.